Josep Corbella


Xavier Melgarejo acudió al hospital Quirón por un dolor de espalda que le torturaba desde hacía meses y, tras someterse a un sinfín de pruebas, le dieron la mala noticia: cáncer de pulmón con metástasis en diferentes huesos. Para un hombre de 48 años con dos hijos de 4 y 5 años, con la cabeza llena de proyectos, un hombre que además nunca ha fumado, fue un golpe tremendo. “El pronóstico es incierto, más bien desfavorable; ya me han dicho que no me curaré, aunque han encontrado una medicación que parece que me alargará la vida”, explica equipado con una especie de armadura bajo la camisa que le ayuda a sostenerse sin que se le rompan más huesos. “Pero como ve estoy animado. El tiempo que me queda lo pienso aprovechar para estar con mi familia y para ayudar a construir un mundo mejor”.

A pocos lectores les resultará familiar el nombre de Xavier Melgarejo. Sin embargo, es una de las personas más importantes de la comunidad educativa en Catalunya. Fue él quien primero se dio cuenta, cuando estaba haciendo el doctorado en 1991, de la excelencia del sistema educativo finlandés. A partir de 1992 empezó a viajar a Finlandia para aprender cómo se evita allí el fracaso escolar y aplicó en Catalunya parte de lo que descubrió.

En la escuela Claret, de la que es director, el porcentaje de alumnos que no terminan ESO ha caído del 22% al 1% en ocho años. En 2007, acompañó a Finlandia a Ernest Maragall, entonces conseller de Educació. Al año siguiente, ayudó a organizar el viaje al país escandinavo de Artur Mas y la hoy consellera Irene Rigau cuando estaban en la oposición. Obsesionado por ayudar a mejorar la educación en Catalunya, ha aceptado coordinar la sección de educación de la Societat Econòmica d´Amics del País. Ha sido pionero en impulsar talleres de prevención de consumo de drogas en ESO. Es miembro del Consell Escolar de Catalunya…

Pero su incansable actividad se vio truncada el viernes 23 de septiembre a las once de la mañana por el diagnóstico de cáncer. “Pasé dos días de terremoto emocional”, recuerda. “Estuve llorando sin parar desde el viernes a las once hasta el domingo a las tres de la madrugada. Experimenté una gran tristeza, nunca hubiera pensado que se pudiera llorar tanto. Los médicos me dijeron que tenía que llorar para remontar después”.

El domingo a las tres “empecé a hablar con Dios”. Y en las horas siguientes puso en orden sus pensamientos, reorganizó sus prioridades y remontó. Josep Tabernero, director del Instituto Oncológico Baselga en el hospital Quirón, destaca “la entereza con que ha afrontado el diagnóstico, es un caso ejemplar”.

“A mí el cáncer me ha intensificado la fe y me ha ayudado a ver con más claridad qué es esencial y qué es accesorio”, explica Melgarejo. “Cuando pasamos por el mundo tenemos que intentar dejar algo que mejore la vida de los que vendrán después de nosotros”.

Sobre todo hay una lección que Melgarejo ha aprendido en su ir y venir entre Catalunya y Finlandia y que espera que no se pierda.

De su educación católica en Catalunya le ha quedado la cultura de que los niños deben sentirse amados incondicionalmente por su familia, por sus maestros y -en familias creyentes- por Dios. “En los países escandinavos no suele aflorar esta idea de amor incondicional, pero en los países mediterráneos forma parte de nuestra cultura”, explica Melgarejo. En su inmersión finlandesa ha adquirido “una cultura de responsabilidad, en el sentido de que cada uno es responsable de resolver sus problemas, sin esperar a que otros los resuelvan por él, y de contribuir al bien de la comunidad. En los países mediterráneos, esta cultura de responsabilidad no la tenemos tan desarrollada”.

Esta combinación de catolicismo mediterráneo y calvinismo nórdico, de amor incondicional y exigencia de responsabilidad, es según Melgarejo la mejor manera de educar a un niño o un adolescente. “Tenemos que combinar afecto y exigencia”, sostiene. “Afecto no significa que tengamos que dar a un niño lo que desea. Significa aceptarle tal como es y hacer que se sienta querido. Pero al mismo tiempo tenemos que enseñarle que lo que hace tiene consecuencias y exigirle responsabilidades por su conducta”.

Por su experiencia, incluso los alumnos más conflictivos acaban agradeciendo esta combinación de apoyo y exigencia. A mediados de octubre, poco después de que él mismo comunicara en una carta a los maestros, padres y alumnos del colegio que tiene cáncer, le llegó a casa una carta de uno de estos alumnos. Un chico hiperactivo al que había tenido que castigar en más de una ocasión. Maestro y alumno habían tenido una relación compleja. El chico había reaccionado mal ante las sanciones, mientras Melgarejo insistía en la necesidad de que mejorara su conducta. Le sorprendió recibir la carta en casa. El chico la había escrito por iniciativa propia. La abrió y leyó qué le había escrito. Le daba las gracias.

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