Carme Alcoverro

Una frase dicha a un estudiante de ciencias políticas: “¿Y eso para qué sirve?”. Otra de una profesora: “Esta chica no vale para ciencias, que haga letras”. Una de las estudiantes que obtuvo una de las mejores notas en la selectividad explica en una entrevista: “Las letras me gustan pero como quiero dedicarme a la investigación optaré por biomedicina”. Desde hace tiempo se ha ido conformando la idea que considera que la investigación es exclusiva de las ciencias o la técnica. Parece que se investigue sólo cuando hay probetas, microscopios o máquinas de por medio. Como si subrayar un libro, si se me permite, no fuera investigar.

Ayudan a esta concepción los medios de comunicación cuando sistemáticamente ocultan la investigación en Humanidades, y a menudo en ciencias sociales, excepto si se trata de dar datos para exagerar o dramatizar, especialmente de educación o de salud pública. Hoy, en el imaginario general, la investigación tiene que ver con las ciencias experimentales. En Jo confesso,la nueva novela de Jaume Cabré, el padre del protagonista es considerado un excéntrico incluso por su propio hijo porque desearía que fuese humanista. Pero no es un problema exclusivo de nuestro país, como tratan filósofos y pensadores que entre otros motivos atribuyen al capitalismo actual la consolidación de esta concepción (los últimos libros de la filósofa americana Marta Nusbaum y de Jordi Llovet se refieren a ello).

Los mercados buscan siempre sacar un provecho inmediato que no obtendrán con la construcción de los saberes básicos: el capital privado que se destine siempre decantará la investigación hacia el negocio. Y como vemos desde hace tiempo, la ética no es precisamente lo que lo guía. En todo caso cualquier disciplina especulativa, o que comporte reflexión, es minusvalorada.

Se ha elaborado un discurso que ha ido cuajando en la sociedad que considera el estudio de las Humanidades cuestión de excéntricos o, peor, de los que no tienen ambición o no son lo bastante listos. Seguramente la economía es el motor de todo, pero cuando la búsqueda del lucro va delante de la política, la democracia pierde peso. ¡Y mientras no paran de hablar de la importancia de la creatividad y de la excelencia, las facultades de letras están desiertas! Las políticas educativas que han guiado las últimas reformas no han frenado este proceso devastador, todo lo contrario.

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