Fermín Robles

El CEIP Miguel Hernández es una pequeña escuela de Badalona situada en el límite con el populoso barrio del Fondo, de Santa Coloma de Gramenet (Barcelonès). El 96% de sus alumnos son de procedencia inmigrante y en las aulas conviven chicos de 15 nacionalidades: los estudiantes originarios de países árabes (39%) y los chinos (17%) son los más numerosos, pero también los hay de Ecuador, Brasil e India. Las cifras pueden hacer pensar que el caos reina en esta especie de torre de Babel de la modernidad. Sin embargo, el catalán se ha consolidado como la lengua vehicular y es la común a todos los alumnos del centro. El empeño de su equipo docente, además, ha conseguido que la escuela tenga una marcada vocación como lugar de acogida, organice actividades de intercambio cultural y quiera innovar en su labor pedagógica.

El último y pionero proyecto de la escuela, todavía en ciernes, consiste en analizar e incorporar las técnicas chinas en la enseñanza de las matemáticas, ya que los alumnos procedentes del país asiático son muy hábiles en esta materia y sus resultados académicos en este ámbito están ocho puntos por encima de la media global de Cataluña.

En el vestíbulo de la escuela, un enorme mural decora la entrada. De él cuelgan fotografías y dibujos que revelan la diversidad cultural y lingüística del centro. A pocos metros, en una de las aulas de desdoblamiento, un alumno chino de unos ocho años se esfuerza por aprender a utilizar los determinantes: “un llibre, una cadira…“, repite en voz alta hasta que el timbre de las once lo libera de la tarea y sale al patio con sus compañeros. “En su idioma no hacen esa distinción entre masculino y femenino y les cuesta un poco asimilarlo”, explica Mónica Vargas, profesora de Educación Especial. “El aprendizaje de la lengua de acogida varía en cada caso. Pero en tres o cuatro meses suelen dominar el vocabulario básico y en dos años es posible comunicarse con ellos”.

Los niños que, pese a su origen extranjero, han comenzado su escolarización en Cataluña se integran más rápidamente, pero los que llegan después de haber iniciado su educación en otro país hallan más dificultades. “El goteo de inscripciones es constante, incluso durante el curso”, cuenta Gemma Herranz, tutora de 4º de primaria. También las bajas son habituales. De la veintena de niños que hay en 6º, solo uno inició la primaria en el Miguel Hernández. Para minimizar los efectos negativos que pueda tener este fenómeno en la enseñanza, explica, “nos organizamos en grupos flexibles y de refuerzo, adaptados a cada nivel de aprendizaje”. La profesora de Educación Especial no esconde que los recortes están haciendo mella en la calidad de la enseñanza, pero subraya que aunque faltan recursos humanos, “los maestros del centro innovan constantemente” para superar las dificultades.

El concepto de intercambio cultural impregna todas las actividades del centro y los profesores aseguran que ya es algo natural en su día a día, no una actitud forzada. Un buen ejemplo de ello es la clase de música, con el profesor Vicente Blanco al frente. En el temario que sigue hay piezas del cancionero catalán y clásicos castellanos, pero también canciones africanas, chinas y popularizadas por el cine indio de Bollywood que se han ido incorporando a este con la llegada de alumnos de diferentes nacionalidades. El año pasado impulsó el himno del centro, que incluye frases sugeridas por los alumnos y un estribillo que se repite en catalán, chino, árabe y urdu. “L’escola, l’escola mola, madrasná weara…” cantaban y bailaban una veintena de chicos a pleno pulmón esta semana en un ensayo liderado por un enérgico Blanco. También Pedro Siles, maestro de Educación Física, ha incorporado a su clase juegos tradicionales de todo el mundo e invita a los recién llegados a ampliar el repertorio.

“Los niños son curiosos por naturaleza y se interesan por otras culturas”, señala Herranz. Buena muestra de ello es Adrián, un alumno de origen ecuatoriano que ha decidido estudiar chino en uno de los cursos que organiza los sábados la Associació Cultural Catalana-Xinesa La Pau. Todavía no tiene muy claro qué quiere ser de mayor: “A veces quiero ser médico y otras presidente de Ecuador”, reconoce dubitativo.

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