Carlos Cué

Todos los dirigentes del PP que han tenido algo que ver en las negociaciones del pacto educativo consultados ayer coincidían en la misma idea: “No podemos renunciar a nuestro modelo educativo, a nuestra alternativa, no podemos quedarnos sin discurso”. La oposición quiere ser oposición, y el de la educación es un asunto clave del discurso de Mariano Rajoy. El motivo para la ausencia de un gran pacto económico es similar: este partido quiere ser alternativa.

El PP sólo estaba dispuesto a llegar a un pacto si el PSOE reconocía antes que su modelo había fracasado. Una petición casi imposible. “Si llegamos a pactar, renunciamos a cambiar ninguna ley educativa cuando lleguemos al Gobierno. Un pacto es eso. Y para conceder esa baza, esa enorme renuncia, el PSOE tenía que ofrecernos mucho más de los que nos ha dado”, sentenciaba otro dirigente.

El PP, prácticamente el único gran partido de la derecha europea que no tiene a nadie a su derecha, vive constantemente entre dos mundos. Uno, el de sus votantes moderados, proclives a grandes pactos. Y otro, el de su ala derecha, que rechaza cualquier acuerdo con el PSOE. Se vio cuando el PP presentó su propuesta para el pacto educativo. En lugar de establecerse un debate sobre las novedades -sobre todo la de ampliar el bachillerato de dos a tres años- los medios conservadores acosaron al PP porque había cedido un poco: aceptaba la asignatura de Educación para la ciudadanía aunque reformada, y sólo para lo alumnos del primer grado. El PP tuvo que salir a la defensiva, e incluso corregir su posición. Con la defensa del castellano ha sucedido algo similar.

Aún así, no todo el mundo en el PP estaba de acuerdo en rechazar el pacto. Castilla y León, por ejemplo, creía que había que alcanzar un acuerdo. Pero al final se impuso la tesis mayoritaria: no hay ni habrá foto de pacto con el Gobierno. Habrá acuerdos puntuales, pero el PP seguirá denunciando el modelo de educación socialista hasta que pueda cambiarlo si gana. La rueda sigue.

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